miércoles, 20 de agosto de 2008

¿Sacarse o no sacarse el clavo?


Teníamos 18 años y fuimos lo suficientemente cojudos para no llegar a acortar nunca los dos centímetros de distancia que marcamos tácitamente entre tu boca y la mía. Me abrazabas, me cargabas, y yo inocentemente acercaba mi cabeza a tu hombro contándote estupideces, para que voltearas hacia mi... y quedaramos siempre mirándonos a cinco, cuatro, tres, dos... centímetros. Entonces me bajabas, me abrazabas y yo me recostaba en tus piernas a contarte las historias que mi cabeza producía con la velocidad y la delicadeza con la que Rambo disparaba su metralleta.

Nunca nadie ha vuelto a tener tantos detalles conmigo. Aun guardo la primera de las muchas cajetillas de Montana que me diste. Es lo único que guardo, porque todos los demás detalles que tuviste conmigo, todos con el souvenir correspondiente, y todos como para mostrárselos a mis amigas y restregárselo en la cara a cualquier "nexts", todos, TODOS, se fueron perdiendo en el tiempo, con cosas que no valían la pena. Así somos las mujeres: cachibacheras, y a veces reemplazamos un cachibache con otro sin sentido.

¿Por qué te desapareciste? Supongo que fueron las vacaciones de la universidad. Aguanta, pero si tú y yo no estudiábamos en la misma universidad. Ya se, fue que te largaste de viaje por Europalandia y yo me quedé sola y aburrida. Sin llamadas, ni correos, sin nada. Lamento que la primera noticia que te llegara al regresar fuera que yo ya estaba con alguien. Lo siento querido, no tenía y no tengo vocación de Penélope. Claro, estar con el infeliz con el que estuve no fue una buena decisión, pero no es tu culpa. Ni la mía.

A veces llamabas a mi casa, pero... sorry darling, en el último lugar que me encontrabas es en casa. Pero, mira como son las cosas, después de tantos años me encontraste. Dos horas y medio en el teléfono. ¿Estás sola? Si, ¿y tú? también. Y nos vimos. Y nos encontramos, y no habíamos cambiado tanto. "Estás más guapa". Me daban ganas de decirte "estás guapísimo", pero me agarré a tu casaca (rayos, sigues usando el mismo condenado y riquísimo perfume) y volviendo yo a mis 18 años (y tú a los tuyos), me aventé a tus brazos. Nos abrazamos, me cargaste, jugaste con mi cabello... y me dijiste que me habías extrañado. Sonreímos, tomamos un taxi, luego un café, luego unos tragos, luego de la mano; y hablamos todo lo que no habíamos hablado nunca. Y me embarcaste en un taxi y... quedamos en que nos volveríamos a ver.

No pasó nada esa noche. Aunque esos ojitos negros sí que me seguían mirando como antes, había algo que era diferente. ¿Será que preferimos dejar el recuerdo cojudamente intacto? No lo sé, pues francamente, después de lo que no pasó contigo a los 18, muy pocas veces me he quedado con las ganas de darle un beso a alguien que me provoque un terremoto psicológico/mental/sentimental/hormonal (en todas las anteriores! Sí, soy muy exigente), y hasta ahora nunca me he arrepentido. Mi querido Andrés, creo que puedo decir que el único clavo que no me he podido sacar en la vida, eres tú. Hasta ahora.
B

No hay comentarios: