Llevábamos algún tiempo de conocernos y esa vez nos citamos en un lugar público conocido y seguro para mi, no porque pudiera terminar comportándose como un delincuente sino porque en aquel entonces era mucho más tímida de lo que sea posible imaginar (aunque fingía lo mejor que podía y parece que lo hacía bien). Mi inseguridad me exigía intentar que el encuentro se diera en mi terreno, pero no sería en mi casa, así que fue muy cerca de ella.Llegué unos minutos tarde, para evitar llegar primero y parecer ansiosa (los que esperan son ellos, nosotras no -pensé). Por teléfono me preguntó ¿dónde estás? y salí volando de mi casa, llegué y lo vi a través del vidrio, se había sentado en una mesa pequeña, para 2 personas. No me vio hasta que atravesé la puerta.
La cartera celeste que llevaba acentuaba mi cintura, era verano, vestía un polo fresco y un pantaloncito muy liviano y a la cadera. "Estás más flaca", me dijo. Los hombres deben grabarse esa frase en la cabeza y decirla siempre que quieran hacernos sentir bien, sobre todo si no somos precisamente un fideo. Aunque él nunca se haya enterado y lo haya dicho casi sin pensar (es que era verdad que estaba más flaca), había abierto el diálogo con una frase genial y acertada.
Me senté y él ya estaba bebiendo una limonada, luego yo pedí una también y conversamos mucho, como una hora o un poco más sobre muchas, muchas cosas, pero especialmente sobre nuestra profesión y nuestras vidas, más la suya que la mía porque yo hacía muchas preguntas.
Estaba algo nerviosa. Aunque no era precisamente una "cita", era un hombre interesante y yo andaba sola... aunque él sí tenía novia. Me divertí y él se entretuvo bastante, al parecer. Como mi casa estaba cerca, le pedí que me acompañe, no quería que se vaya y seguí haciéndole más preguntas, él respondía con gusto. Una vez que estuvimos en mi casa (la casa de mis padres en realidad), él dijo que tenía que irse así que lo acompañé a tomar su taxi...
Mientras esperábamos en la acera él se puso sus gafas de sol y me echó una mirada de galán acompañada de una sonrisita pícara y se quedó viéndome en silencio hasta que no resistí más el silencio y como reprochándole por el coqueteo le pregunté ¿y tu novia? Automáticamente giró la cabeza y ya ni recuerdo qué me contestó mientras yo respiraba aliviada aunque triste, porque me hubiera gustado que sucediera algo en ese momento, pero no debía...
Yo sé que el "click" fue en ese instante. Ya me parecía interesante y hasta divertido, pero para mi era un coqueto más sobre la faz de la tierra, hasta ese momento. Mi nerviosismo no era producto de su presencia sino de mi propia inseguridad. Pero allí parados, luego de que me mirara a través de sus lentes oscuros con la incomodidad de no ver con claridad qué parte de mi cuerpo exactamente era la que él veía, fue el inicio de mi obsesión por él.
A.

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